Por Mia Nieves Reyes
Sueño en blanco y negro.
El silencio me susurra en un espacio oscuro e infinito. No identifico qué es, pero siento su presencia intensificarse tanto que me logra convencer que tan solo extendiendo mi mano, lograré tocarlo.
Al despertar me quedo en la cama, abrumada y confundida, tratando de controlar mi respiración. Siento cómo el sueño se esconde de mí, cómo se cae por las grietas de mi mente. Mis ojos arden, mientras mi corazón solloza por recordar el eco de un sentimiento que anhelo vivir de nuevo.
Inhalo cuatro segundos, aguanto, y exhalo por ocho segundos. Me digo a mí misma que si me rindo antes de intentar recordarlo, el sueño enfrentaría un destino peor que la muerte misma: el olvido. Que si quiero volver a vivir esta emoción electrificante, que me hace creer que puedo ser como una estrella fugaz, que atraviesa la atmósfera en segundos, tengo que escribirla. Es de la única forma que puedo preservar esta emoción efímera y hacerla realidad.
Escribo cada detalle que recuerdo: el sonido de una chiringa entrecortando el viento, el largo del ala oscura de una paloma. El olor de un pescado ahumado, el frío de las aguas de ríos que cala mis dedos; el calambre que siento en mis costados cuando me río fuerte y el alivio en esos suspiros finales cuando logro controlar mi respiración. No es suficiente. Me obligo a recordar más. Miro mi mano, la que sostiene el bolígrafo. La tinta en mi mano que no deja sombras, sino una mancha aguamarina que ilumina mi habitación oscura. Por un momento dejo de escribir y uso mi otra mano para quitarme el color brillante, pero este se riega. De un color azul, transiciona a un anaranjado, como el de un atardecer. Mientras más restriego la tinta, más me contamina.
Me mancha los brazos hasta llegar a mis codos y me revela una variedad de colores; un violeta tan profundo que me hace pensar en el océano Atlántico. Un verde tan oscuro como El Yunque, un amarillo tan brilante como la casa estrecha del Viejo San Juan. Con cada color que se revela, me adentro a un mundo que me es familiar, mas no logro reconocer. Encuentro confort en el miedo, en la pasión, en el coraje que me abruma por un segundo; en el alivio de la tristeza, el torbellino silencioso que me mantiene en el aire. Siento mucho y nada a la vez.
Riego los colores que me envuelven sobre la página de mi libreta. Se esfuman de mi piel, pegándose a cada palabra que force fuera de mi mente. Las palabras se vuelven una escena cargada que trato de leer, pero se desvanecen y en su lugar veo imágenes.
Una mujer está sentada en una mesa, con varios libros organizados frente a ella. Se le acercan personas con el mismo libro en sus manos y ella extiende su mano para saludarles con una sonrisa llena de agradecimiento. Algunos ofrecen su copia del libro para que lo firme y ella acepta. Veo a una mujer en una tarima, enunciando palabras de las cuales no entiendo qué significan.
Las imágenes cambian y me llevan a un lago al final del río. El canto de diferentes pájaros la rodean, altos en los árboles, mientras se echa encima agua fresca sobre su cabeza. Gotas que congelan su camino y caen por sus hombros.
Ahora me encuentro en una universidad. La mujer,de pie frente a un salón de clases. Sus manos se mueven de manera exagerada, sacando algunas risas de sus estudiantes, ella los sigue con su propia risa. No logro identificar qué está escrito en la pizarra, pero sus estudiantes comienzan a escribir en sus libretas. Ella camina por el salón, cada uno absorto en sus libretas y computadoras, haciendo la tarea. Intercambian ideas entre ellos, complacidos e inspirados. Al llegar a la pizarra, agarra el borrador para limpiar la pizarra. Por fin identifico ver qué estaba escrito en la pizarra: “Profa. Mia Nieves Reyes”
Aspiro a educar, crear y conservar el arte de escribir. Aspiro a construir una comunidad para compartir mi cultura, mis ideas y este sentimiento indecible dentro de mí. Puedo ver el potencial escondido en las grietas de nuestras mentes. Anhelo añadirle color a mi sueño.



