El caracol, por Caleb R. Ortiz Rosario 

"Las situaciones donde utilizamos un cenicero dicen mucho más de lo que se puede percibir".

Por Caleb R. Ortiz Rosario 

Son tormentas y el cenicero las cuenta

  ¿A quién se le habrá ocurrido la idea de construir un cenicero? 

  Exploré el pensamiento. Quizás eran naturales estas curiosidades un sábado a las 5 de la tarde. Me resultaba interesante esta idea donde las cenizas son evidenciadas en el cenicero, como si fuesen testigos del pasado. Sin la capacidad de juzgar cualquier estado del tiempo. 

  Pero, si tuviese la capacidad de racionalizar números, ¿contaría los restos que permanecen en él?  ¿Pudiese enumerar cuántos cigarrillos o blunts he fumado en un día, en un mes, en un año? ¿Cómo se sentiría al respecto?

  Las situaciones donde utilizamos un cenicero dicen mucho más de lo que se puede percibir.  Para seguir esta línea de pensamiento debo preguntarme, ¿cuándo fumo?

  Recordé que no hay un momento preciso (o sea un “cuándo”); he fumado con amigos, en el sexo y en soledad. 

  De vez en cuando observo el cenicero. 

  Me encantaría recordar cada momento en el que fumé. 

  Podría dialogar con él; quizás así contaría cada vez que lo uso.

-Suena el teléfono- 

  Son las 5:27 pm un sábado de octubre. 

  Luego de pensar, me encuentro con la sensación de sequedad en la boca. Como si buscara algo. Me levanté del mueble. Los ojos cerrados. Con solo 4 pasos abrí la puerta de la nevera. 

  Me serví un poco de agua y frente al reflejo del metal me observé. —La vida a blanco y negro sería mejor—dije en voz alta.

  Al recostarme en el mueble, de complicidad monocromática; observé la mesa de noche.

  El teléfono no dejaba de sonar.

  El sonido persistente corrompía la escena. Luego de pensar en mis decisiones (estéticas o no), decidí contestar la llamada.

  La voz en el teléfono se debió escuchar tan alta que los vecinos debieron comprender ese 

  —Hola, mi amor.

  Era mi mamá, recientemente procura mantenerse en contacto más a menudo. Le respondí vagamente que estaba bien. De alguna u otra forma la conversación giró de esta manera: 

  —Sí, estoy bien… No, no necesito… Sí, ya le dije… Habla tú… No, no… Son las que… Te dejo, tengo 30 para tomar una decisión…

  La llamada dejó un sabor amargo.

  Llevaba ya algún tiempo buscando un pretexto para decidir  . 

  En ese instante solo pude ir nuevamente al mueble.

  Me dediqué a observar el edificio de al frente. 

  Marcado por la sombra de la lluvia, presentaba una sensación de frialdad; probablemente porque era un edificio de oficinas. Lo desentendido de mi vista era que no era posible desde mi ventana localizar alguna ventana del edificio. 

  Era un fastidio pensar que para ver el cielo me tendría que asomar lateralmente a mi ventana y esquivar el edificio. Justo cuando pensé en hacerlo, pretendí estar muy disociada como para ver el cielo. 

  Me encuentro en un espiral de números. 

  —Ay, carajo—dijo algo en la habitación. 

  El caracol de la ventana me miraba fijamente como si supiese quién soy. Pero, claro que no puede conocer quién soy. Como mínimo solo puede comprender que estoy aquí. 

  Leí en algún lado que los caracoles son animales incapaces de construir una imagen visual, en cambio perciben el cambio en el entorno que otros producen. Pensándolo bien, es un poco triste deducir sobre la realidad sin poder verla.

  —¿Y tú quién eres?

  —¿Es importante? 

  Parecía conmocionado, aunque algo de su expresión me llamó la atención. Sabía que no podía construir una imagen específica sobre mí, eso me hizo sentir bien. 

  —Al final no, pendeja.

  Continuó. 

  —Llevo una semana en esta pocilga, aunque la humedad ayuda con la experiencia. 

  Miró a su alrededor.

   —Creo que comencé con el pie izquierdo, escuché que hablabas por teléfono, ¿quién era? 

  Me observaba como si me estuviese estudiando, lo cual es curioso, si llevaba una semana aquí ya pudiera haber inferido con quién hablaba. Aun así decidí responder. 

  —Con mi madre. 

  —¿Qué es eso?

  —Es esa persona que te da a luz o te cría, todavía no tengo claro la definición. 

  Claro, mi mamá me dio a luz pero no tuvo la oportunidad de criarme, mi abuela lo hizo. 

  —¿El del teléfono dio a “luz” o te crió?

  —Me crió.

  Con solo unas respuestas a sus preguntas me sentí acorralada, así que mejor decidí enfocarme en otro tema. Verdaderamente le parecía una pocilga, limpiaba lo que parecía ser una réplica de mi mesa de noche y de mi sillón. Mantenía un cenicero al igual que el mío, pero vacío. 

[]

  En algunos momentos específicos de nuestras vidas ocurre un fenómeno que nos acerca más a nuestra humanidad. Lo podríamos llamar “fotografía mental”, se trata de una situación en donde todo se desvanece y por arte de magia, nos percatamos del presente. El mundo nos invita con ansias a participar en él, es por lo que nos regala estos momentos. En algunas ocasiones es la cálida sensación del sol acariciando las mejillas, los pies incrustados en la arena, la ropa húmeda llena de sal y el sol, castigado una vez al día al reencontrarse con el mar. Mientras en otras, es el sonido de un instrumento desconocido, la caricia al ritmo de un compás, la sensación de que nada importa. En ese momento, todo se detiene. Nos percatamos de una realidad imposible.

  La capacidad de ser eternos.   

  La imagen del caracol limpiando fue uno de estos momentos. 

[]

  —¿Fumas? 

  —No, me parece una tontería, una práctica dañina. —contestó— Genera dinero eso, sí. —continuó— Pero, daña tus pulmones. Desarrolla algo llamado la “enfermedad pulmonar obstructiva crónica” es la cuarta causa de muerte en el mundo. En fin, por qué quisiera hacer algo que me hiciera daño.  

  —Sí, suena redundante.

  Le contesté, mientras me encendía un cigarrillo. Continué.

   —Aun así todo parece hacernos daño, la simple decisión de salir de este apartamento puede ser la causante de mi muerte o podría ser el mejor día de mi vida. La decisión carga con la consecuencia.

  El caracol suspiraba hondo y buscaba sentir las vibraciones de su alrededor, quizás el humo lo hacía sentir perdido o simplemente pensaba que mi respuesta fue vaga.  Las razones solo sirven para el propio que las presenta.  

  —Mmm, creo que lo entiendo—dijo.

  Podía notar que mentía, su mirada confusa lo delataba. Suspiró para luego continuar su pensamiento. 

  —Ahora que lo pienso quizás he hecho cosas que me hacen daño. 

  —El pobre tosió y continuó. — Sabiendo que me harán daño. La tarde parecía una fisura temporal, un vacío en el espacio-tiempo. La sensación me recuerda a los días antes de un huracán. No se escuchaba un alma en ese momento. Podía percibir el sonido a lo lejos de los carros en la avenida principal. El olor a humo que entraba por la ventana me molestaba, no era el mismo que estaba en el espacio por mi cigarrillo. Por un segundo, en el pensamiento olvidé que el caracol estaba allí. 

  —¿Así que tienes una llamada pronto? 

  —Sí.— Iba a continuar pero en ese momento… Comenzó a sonar un coquí. 

  Parecía que el sonido, ¿le molestaba o le interesaba? Después de todo es un caracol cómo podría saberlo. 

  —¿Sabes qué es?

   Procedí a explicarle. 

  —Es una rana nativa de la isla, solo puede sobrevivir aquí y así ha estado todos estos años. 

  Probablemente conocía del tema por el marketing cultural. 

  Me interrumpió. 

  —Es desafortunada su situación, solo poder permanecer en esta tierra con todo lo que podrías experimentar.  He visto parte del mundo, solo basta con salir de ese lugar que te formó para entender cómo el mismo te formó.

  Se miró la “espiral” y continuó. 

  —Es mi tercer hogar.

  —Aún así estás en la isla— Llegué a la conclusión que la frase no tuvo sentido luego de escuchar mi voz en mi mente. 

  —Siempre por alguna razón hago un paraje aquí, una semana es suficiente. Siempre lo hago cuando intento decidir cuál será mi próximo destino.-

  —Quizás la respuesta es quedarte—comenté. No era como que he vivido mucho más allá de mudarme del pueblo donde crecí, diferente al pueblo donde nací. 

  —La supervivencia no solo es física, sabes, a veces no me conformo con las condiciones presentadas en un espacio. Por eso viajo. 

  Soñoliento miró a su alrededor, satisfecho con la organización bostezó levemente y se recostó en el sillón. Habló dos o tres cosas que no entendí. Se disculpó y comenzó a dormir. La tarde continuó, logré percibir un rayo de luz del atardecer. El mismo logró esquivar el edificio y brindar una sensación de calidez en el ambiente. Para ese entonces el humo había cedido, el olor a lluvia inundaba el apartamento. El sol procuraba desvestir las estructuras del color propuesto por la lluvia. Se lo devolvería más tarde, así la lluvia tendría la oportunidad de presentar la idea una vez más. 

  Continué en mi pensamiento, faltaban 10 minutos para las 6…

  No es desafortunada la situación, no hay nada de malo en aspirar a crecer sin entender el porqué me quedo aquí. Seguramente el coquí disfrutaba estar en la isla aunque no pudiese comprender que este era el único espacio con las condiciones necesarias para él vivir. Aun así, conociendo este dato probablemente hubiese querido quedarse, ¿quién quiere morir afuera? Miré el reloj, miré el espacio; comencé a recogerlo. Me sentí inspirada por la sala de la ventana, realmente el caracol se había esforzado limpiándolo. De alguna u otra forma sentí que podía hacer lo mismo con el mío. Me aseguré de que cada rincón estuviera organizado. Aunque mirar la hora definitivamente me daría ansiedad, lo hice, faltaban alrededor de 3 minutos. 

  Con todo y ansiedad fui a cambiarme. 

  5:57pm

  El caracol

  Cuando abrí los ojos la sombra no estaba, qué manía la de las sombras desaparecer y aparecer cuando quieren. En la cabeza es igual, desaparecemos. Aun así, todos vuelven.

  Al sentarme, contuve por completo las ganas de comprender lo ocurrido; inferir no ayudaría. Gracias a la posición del edificio de enfrente, la ventana ofrece un clima… pensando en el edificio, no podía recordar la última vez que permanecí en aquella tierra. La memoria no se pierde con el tiempo… nuestra cabeza sí. Es un laberinto donde la supervivencia en el presente cambia las murallas del mismo y hace confusa la visión del pasado. Permitirme recordar mientras decido es un lujo… no puedo darme ese lujo. Aun así, la memoria es una ruta… ese perfume, esa infancia, ese sabor, esa conversación… son los momentos que nos permiten volver, nos permiten soñar. Mi cenicero está vacío… sin historias que contar, solo preguntas… aun después de todos estos años… ¿podré contestarlas?

  —Ya casi no recuerdo de dónde vengo, me parece que estoy en casa.

  Comencé a contemplar el espacio, una brisa cálida nos arropaba. Pensar agota. Quisiera describirles el espacio pero cómo podría solo soy un caracol.

[]

  Un minuto para las seis. Mientras me visto recuerdo lo que por mucho tiempo busqué. La “fotografía mental”  de años atrás, la infancia es confusa. El frío de la montaña acariciaba mis cachetes. Corría en una especie de patio, el olor fresco de un aire sin la interferencia de un edificio bañaba mis pulmones. La grama pintada, el sol escondido en la montaña. Mientras que a pocos minutos se alza un cielo con luces emitiendo códigos secretos, los extraño. 

[]

  Me acomodo mi chaqueta.

  Velo por mi pelo.

  Suena la computadora. 

  Me siento. 

  Traigo unos pantalones que no combinan nada con la chaqueta profesional que llevo puesta. La llamada de zoom continúa, respiro hondo y…

contesto.

  Se escucha a lo lejos: “Ma’am are you ready for the interview?” 

—Yes sir, I am ready. 

La.Corcheta
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