Por Bethmarie Pagán Atances
Cierto. Muy cierto.
Las palabras de mi mamá son como un filo de diamante que, aunque hiere, pule lo más valioso.
Lustra el valor que colma en mis huesos y mis ojos no ven,
pero hiere y estoy dos días sin saber cómo hablarle.
Cierto, muy cierto, que ella es el faro de mi vida,
porque con su luz me obliga a mirar el camino correcto.
Creí que sabía lo mejor para mi vida. Falso.
Y que no debería considerar los golpes vocales
que mi mamá me tiraba sin pensar.
Falso, Mi error.
Pero, cierto, sus palabras son como el alfarero
que quebranta la vasija y la hace nueva.
“Él no te merece”, ella me dice.
“Pero él me ama”, falso, y yo lo defiendo.
Lo defendí, lo perdoné y dejó caer mi corazón
de vidrio en mil pedazos.
Pero, cierto. Muy cierto.
Ahí estaba mi mamá,
y en ese momento
se convirtió en un escudo
para interponerse entre los golpes de la vida y mi santidad.



