Por Alma Datil Calderón
Oh, divina madre
que transciendes
en cada forma,
en cada centro,
en cada barrio.
Oh, vientre que gesta tempestad
de hambre matutina.
Que a ti se te deben
las flores y adorarte
en pedestales y madrigales.
Oh, divina madre
que cargas crías
en tu espalda,
cadera y hombros
cuando se agrieta tu carozo.
Que no hay cobranza
a tus retoños
y no hay perdón absoluto
de cuántas noches se te hizo
vagabundear en insomnio
al tu crío berrinchar en la madrugada.
Oh, divina madre,
de rodillas
te pido clemencia
por ser parásito
invasor de tu útero.
Por romper tus costillas
que protegían a este crío.
Por arrebatar tu seno
ensangrentado.
Y por envejecer a tu cuerpo fotosintético
que enraizó a esta flor de maga.



