Por Enrique M. Infante Ángeles
Sus lágrimas siguieron el curso hacia el sur, entre las leves ranuras de su rostro desencajado. Sus manos, pegadas al vientre, como si el regaño hubiera venido de su padre o de alguna autoridad nefasta y dictadora. Su hermano le jaló los pelos y luego dio un golpe seco en la mesa del comedor. Todos los niños saltaron de las sillas, asustados. Ella siguió llorando. Días antes, el papá de los cuatro hermanos le había increpado con palabras bastante subidas de tono, demandando atención y más prudencia con las cosas, comparándola con su hermana menor, la que había dejado la casa desde joven y se había lanzado hacia un mejor futuro en otras tierras, quien, desde su punto de vista, era mejor que ella. Para él, su hermana siempre tomaba mejores decisiones. Una semana antes, su otro hermano, el mayor de todos, le dijo en tono burlesco que ella era una idiota por no fijarse en hombres con dinero.
—Eres una zonza. ¿No te das cuenta de que con el médico o el otro, el abogado, tu vida estaría resuelta?
Tal vez era demasiado tarde para ella, pues tenía varios hijos que alimentar y, sin padre presente, la vida se complicaba aún más. Se puso a trabajar a los tres meses de haber dado a luz al menor de sus cuatro hijos. Su madre no estaba de acuerdo con que trabajara hasta tarde. Le prohibió llegar después de las seis y mucho menos, todos los días. Su vida estaba vigilada en todo momento. Parecía como si su propia familia tuviera un plan macabro contra ella. Y claro, ella gozaba de una belleza radiante. Hombres y mujeres, jóvenes y mayores, adultos y niños, se acercaban a ella por el magnetismo que soltaba al entrar a los lugares. La sonrisa sincera, la elegancia al caminar, ese garbo sustancial e hipnotizante al pasar por las calles y avenidas; su aroma, la sutileza al hablar y las formas tan educadas de expresarse fueron siempre su fortaleza y su mejor atuendo.
Cada entrevista que consiguió fue el inicio de una nueva empresa. Siempre se dedicó a sus cachorros. Siempre defendió su morada. Nunca cedió a los engaños ni a las diatribas. Se supo mujer cada quincena, cuando recogía el cheque en la ventanilla del segundo piso de ese edificio gigante de seguros. Se sintió madre cuando sus hijos fueron creciendo y tomando su ejemplo al buscar, presurosos, el éxito, como ella lo había conseguido. Siempre tuvo a Dios en su corazón. Su amor por el arte la sensibilizó sin debilitarla. Trabajó denodadamente y sin descanso. Cuando sus hermanos se mudaron y sus padres murieron, la mujer se hizo independiente e inquebrantable. Todos en el barrio, la ciudad y más allá la conocían, y les encantaba entablar relaciones profesionales con ella. No se le caía ningún negocio.
Trabajó vendiendo paquetes turísticos, en revistas de tauromaquia y de moda; laboró en campañas electorales y organizó excursiones escolares. Nada la frenaba. Hizo de relacionista pública, entabló relaciones con firmas de abogados y brókeres de seguros. Diseñó páginas para publicidad en los periódicos. Conectó a policías con la gente. Organizó fiestas pro-fondos para alimentos de la comuna y se certificó como contadora. No se volvió a quebrar con nadie. Siempre que le brotaron las lágrimas siguieron un curso similar al del primer día que la vi llorar, siendo yo todavía un niño, pero algunas veces cambiaron de rumbo por los nuevos surcos de su cara, como cuando decidió cambiar de rumbo el día que le dijeron que no podía.



