Por Enrique Infante Ángeles
San Juan, Puerto Rico, 24 de febrero de 2026
La literatura caribeña contemporánea ha sido el espacio en donde diversas manifestaciones sociales y políticas se han sabido expresar, exponiendo toda clase de costumbres, errores, desfases y nefastas realidades. Las manifestaciones sociales en la escritura, particularmente aquellas que revelan las dinámicas de poder y desigualdad, nos permiten entender cómo se vive, de qué manera se resiste y cómo se puede transformar la realidad cotidiana. En este sentido, la violencia se convierte en un componente que moldea los vínculos, los deseos, los estímulos y las aspiraciones de cada uno.
En la novela Papi, primera edición publicada por la Editorial Periferia en el 2005, la escritora dominicana Rita Indiana Hernández Sánchez explora esa violencia cotidiana a través de la voz de una niña que idolatra a su padre ausente. Indiana muestra las múltiples caras del poder, el abandono y la desigualdad, utilizando un lenguaje irreverente. En la obra, la violencia se hace cotidiana porque está naturalizada y disfrazada de amor filial, primero por la hija, y de esa admiración a los sueños y al éxito del padre. La obra irrumpe con gran sarcasmo a través del epígrafe sacado de uno de los muchos capítulos de la serie televisiva muy popular en los años ochenta: El auto fantástico (Knight Rider) en donde la autora rescata el siguiente diálogo:
–Michael: You know, you are about as much fun as a divorce… which is not a bad idea.
–KITT: I want custody of me.
Analicemos la manera en que la autora desarrolla los factores sociales de interés y de los discursos que ejerce al crear su escrito; su aportación social dentro del contexto teórico-actual; los temas centrales, sus personajes sociales y los cuestionamientos quePapi nos invita a formular.
Recordemos la dictadura de Trujillo y la corrupción generalizada, el narcotráfico y la migración, tendencias y costumbres que surgieron por esa misma desigualdad y a partir del deseo material. En ese entorno la figura del hombre todopoderoso se consolidó como símbolo de éxito inalcanzable para muchos y de suprema autoridad avasalladora; producto de la envidia colectiva desde los dos lados: hombres y mujeres. Hernández escribe desde ese Caribe que ella conoce, en donde la violencia no siempre es sangrienta, pero sí omnipresente. Expone temas como los roles de género, el abandono, la pobreza y la búsqueda constante de reconocimiento. Su narrativa está profundamente anclada en la cultura popular. En los primeros capítulos cita canciones populares, marcas de carro, joyas y ropa que no todo el mundo tiene como su “papi”; pero que todo el mundo desea, incluso las mujeres con las que ese papi sale y lleva a la casa, exponiendo a la protagonista, la hija, a todo tipo de abusos y discriminaciones que vienen justamente a catapultar el dolor, la frustración y la seguidilla de eventos que luego se hacen costumbres.
La niña idealiza a su padre ausente por motivos que no se explican del todo, sin embargo aluden a un entorno de delincuencia, drogas y poder. La autora construye un retrato ciertamente desgarrador con pinceladas poéticas que grafican los actos y eventos de una forma casi ficticia, por la forma y el estilo, pero sin dejar de denunciar. Hay pues, en toda la obra, una ironía bastante presente: una estilística de resistencia cultural que se sabe sostener en esa voz infantil que ve el mundo con inocencia. La niña narradora internaliza el machismo y el mito del héroe masculino, admirando a su padre como si fuera una estrella de rock o un ser humano casi intocable e inalcanzable, aunque esa figura paterna está marcada por la ausencia, la mentira y el desamor.
La violencia cotidiana se aprende, se hereda, se repite y se perpetúa. No es solo un acto físico, sino una falacia cultural que legitima y pondera esa superioridad masculina.
Desde una perspectiva teórica, Papi se inscribe dentro de una literatura caribeña que revisa los conceptos de una violencia más bien simbólica, es decir aprendida según el término “habitus” con un trasfondo teórico conciso y analítico; palabra acuñada por el sociólogo francés, Pierre Bourdieu. Del mismo modo, en la obra se notan los conceptos basados en el eurocentrismo y sus jerarquías sociales de colonialidad del poder como lo propone el humanista y sociólogo peruano, Aníbal Quijano. La obra demuestra cómo los sistemas de dominación social y de género se perpetúan incluso en los gestos más cotidianos. Rita Indiana contribuye con una visión crítica de la sociedad dominicana posdictatorial y del Caribe contemporáneo, denunciando cómo los valores del éxito, el consumo y la masculinidad generalizada se imponen sobre las vidas y los afectos. Su obra, sin querer pecar de moralista, ofrece una mirada descarnada de la marginalidad urbana y del modo en que los sujetos aprenden a normalizar la violencia.
En el contexto sociológico actual, Papi sigue siendo profundamente vigente. En una región aún marcada por la desigualdad, el patriarcado y la precariedad económica, la novela evidencia que la violencia cotidiana continúa siendo el lenguaje con el que se socializa. Para muestra basta con visitar nuestras redes sociales y poner “noticias” para entrar en la gigante dimensión de la violencia, una especie de agujero negro; pero situado en la misma sociedad en la que cohabitamos. El valor del libro radica en que no busca ofrecer soluciones simples, sino exponer con crudeza y desparpajo la forma en que los vínculos afectivos, especialmente entre padres e hijas se ven atravesados por el poder, la ausencia de un lado y el deseo de aceptación por el otro. La autora, además, redefine el lugar de la literatura dominicana al incorporar lo urbano, lo femenino y lo queer como territorios legítimos de creación, ampliando así el canon y la representación social en la narrativa caribeña.
El personaje Papi representa el arquetipo del poder masculino: carismático, admirado, pero también ausente y contradictorio. Su figura encarna tanto el éxito como la corrupción, la virilidad y la debilidad. A través de él, la autora retrata la idolatría de una sociedad que asocia el valor con el dinero y el respeto con el miedo. Por su parte, la narradora-niña simboliza la mirada de una generación internalizando las jerarquías sin comprender del todo sus consecuencias. Su lenguaje, lleno de fantasía, funciona como defensa ante la soledad y la falta de amor real. Juega con el simbolismo de agrandarlo todo y de que los hombres se vean en ese espejo impuesto.
Hay hombres en todos lados, y todos usan perfumes, manejan carros, van a la barbería y salen con rameras que a su vez los endiosan. Están por todos lados, acechando, discriminando, insultando; se esconden en los jardines y en las barras de los clubs nocturnos. Los personajes secundarios, como la madre y los vecinos, son la supervivencia y la precariedad.
Papi invita a un diálogo constante entre el lector y la realidad que representa. La novela es una metáfora de una sociedad donde la violencia se normaliza hasta volverse invisible. A través de un lenguaje híbrido, popular y poético, la autora consigue poner en evidencia las fracturas del Caribe contemporáneo: la desigualdad, el patriarcado, la pobreza emocional y el deseo de poder.


