Por Esdras Millán
—Me quiero matar. —le dijo.
—Eso quieren todos. —respondió el secretario fumando lo que parecía ser su undécimo noveno cigarrillo del día. El cenicero tenía una montaña de cenizas con cigarros ahogados aún calientes. La oficina estaba llena, aunque con la situación del país casi siempre lo estaba.
Rafael había tomado la decisión de ir lunes y no un viernes o domingo, que era cuando la gente más se quería matar. De hecho, era verano, muy lejos de las navidades, la época con más peticiones para matarse.
—Número de seguro social y plan médico. —le pidió el secretario. Rafael buscó su tarjeta de seguro social y plan médico y las deslizó en la mesa.
—Usted tiene un historial de depresión, ¿es correcto? —el secretario le mencionó sorprendido.
—La reforma de salud dice que ahora cualificamos para el suicidio, ¿no? —Rafael estaba seguro de que había verificado todos los detalles para que no le negaran el suicidio; que te negaran un suicidio le parecía lo más ridículo del mundo. Además, el secretario tendría que ser un verdadero hijo de puta, porque se sabe, hasta estadísticamente, que si te niegan un suicidio del estado te vas a un puente o a un techo y te lanzas. O te guindas. O te cortas las venas. Etcétera, etcétera. Pero eso no detenía a las compañías de seguro social en negarle todo lo que pudiesen como las malditas arpías que son.
—¿Tiene o no tiene?
—¡Sí! Coño. Qué mucho joden.
El secretario simplemente inhaló su cigarrillo y le sopló el humo en la cara.
—Señor… —buscó rápido su apellido en los documentos que recibió y continuó al encontrarlo—. Quintana, tengo que preguntarle, es protocolo. Usted viene a matarse hoy, pero yo tengo que hacer un reporte de cada persona que se mata aquí, así que, por favor, bregue conmigo.
A Rafael le parecía curioso que tuviese un rosario en la parte de atrás de la oficina y que hubiese un Cristo llorando. ¿Por quién lloraba? ¿Por todos los que se matan aquí? ¿O por el dolor que tenía cuando lo clavaron en la cruz?
—Bueno. Sigamos. ¿Ha tomado o está tomando medicamentos antidepresivos?
—No.
—¿Religión?
—Soy agnóstico.
—Okey, no tiene. ¿Está pasando por alguna ruptura?
— No.
—¿Cuántas veces bebe a la semana?
—No bebo, ni fumo, ni tengo sexo desde hace un mes.
El secretario seguía anotando. Luego deslizó el contrato que había que firmar e inmediatamente Rafael firmó: R. Quintana.
—¿Leyó bien el reglamento?
No lo había leído. Amaba la lectura, pero encontraba que los contratos gubernamentales eran una ofensa contra la literatura y la palabra escrita. Aun así, asintió.
—Bueno, pues usted entiende entonces que todas las deudas o cuentas que usted tenga pendientes con el gobierno federal o estatal se le van a cobrar, de manera que todas sus propiedades se van a ir al Gobierno, eso es sin importar si usted había hecho una lista de herederos.
—Sí, coño, vamos.
—Bueno, todo está en orden. Ahora vamos al juramento. ¿Listo?
—Sí.
—Si te arrepientes eso no es na’, la mitad que están ahí en fila se van llorando de aquí y, ¿quién los culpa?
—Estoy listo, coño.
—Bueno, repite. Yo, Rafael Quintana, juro que, dentro de mi cordura y claridad mental, he decidido matarme, comprendiendo en su totalidad las consecuencias de mis acciones.
—Yo, Rafael Quinta, juro que, dentro de mi cordura y claridad mental, he decidido matarme, comprendiendo en su totalidad las consecuencias de mis acciones, y que así me ayude Dios.
Rafael pensaba que cuando el gobernador de la colonia juraba en la Biblia siempre era nítido eso que decían, así que decidió añadirlo en su último juramento. El secretario, quizás indignado por la falta de respeto a su Dios o simplemente por bochorno ajeno, se enrojeció un poco, ponchó el documento de suicidio de Rafael Quintana y le dio un vaso desechable con un líquido violeta.
—Esto fue lo que me cubrió el plan. —dijo Rafael viendo aquel néctar que suponía que le quitaría todos los miedos. Se lo tomó como se tomaría un palito de caña y se dirigió a la puerta.
Una vez la abrió, el secretario gritó.
—¡Espera! Cuando te vayas a tirar, dale al botón para que vaya el próximo.
Rafael pensó que quizás le iban a decir algo más interesante. Quizás, que había sido un placer ser la última persona en hablarle, pero simplemente le soplaron humo en la cara y le dijeron que su destino estaba a través de la puerta.
Qué cojones, pensó cuando luego, al abrir la puerta, se topó con la escalera en espiral. Mirar al tope lo mareó, también el pensar subir todos esos escalones. Gracias a Dios por los elevadores.
FUERA DE SERVICIO
—No me jodas. —dijo. Esto tenía que ser un complot para no dejarlo matarse. Había escuchado que muchas de las clínicas de abortos hacían que las mujeres no abortaran, atrasando el proceso hasta tal punto que las pobres se arrepentían o el bebé se desarrollaba a tal punto que ya era ilegal abortarlo. Le parecía que esto era un complot similar de todas las personas pro-vida, que dicen estar en contra del suicidio asistido, pero que defienden a las grandes compañías que hacen que el mínimo salarial sea menos de lo que cuesta un puto galón de leche.
Con furia presionó fuertemente el botón del elevador. Nada. Ni una luz se encendió. Qué bueno es vivir en una colonia. Rafael, determinado a matarse, y más ahora cuando su país no se lo quería proveer, subió corriendo las escaleras. Las primeras seis escaleras las subió con ira y rapidez hasta que se dio cuenta de que estaba asfixiado. Ya había perdido la cuenta cuando se topó con una ventana. De ahí vio un cardumen de palomas volar hacia el techo de edificios aledaños a la Oficina Federal del Suicidio. Vio varios gatos que parecían estar muriéndose vagabundeando por las calles pero, a pesar de todo, el día estaba bello. Puro verano. Incluso bueno para ir para la playa, pero sabía que la playa no le iba a quitar los pesares del alma, así que continuó subiendo. Paró de repente cuando se topó con una mujer fumando.
—¿Buenas? ¿Usted se supone que esté aquí? Pensé que era uno a la vez.
—Según mi madre, no se supone que esté aquí. —dijo la mujer parando de fumar.
—No se preocupe, yo le doy más tiempo. No me ha molestado, lo que me emputece es tener que bajar y verle la cara a aquel cabrón.
—Concuerdo. Si quieres, toma mi turno y tírate. Yo después bajo a la oficina. Y me disculpo por hundir el botón y no tirarme.
—No se preocupe. Creo que entiendo… Pero deberías irte, porque yo sí pienso tirarme.
—Pues adelante. —la mujer se levantó e hizo espacio para que Rafael pasara.
—No me voy a tirar si estás aquí.
—¿Por qué no? Ni te voy a ver.
—Señora, yo no orino si hay gente alrededor, ¿usted se cree que me voy a suicidar frente suyo? Sé que no me va a ver desde aquí, pero quizás me vea cayendo por la ventana, y eso me da pachó.
—Bueno, pues no sé qué decirte porque pienso tomarme unos cuantos minutos antes de bajar.
Rafael pensó en pelear con la mujer, pero decidió sentarse a su lado.
—¿Me das uno? Y déjame decirte que es lo menos que puedes hacer cuando atracas mi suicidio.
La mujer le dio uno con una sonrisa.
—No pienso estar aquí tampoco si no te conozco. Rafael. —le dijo estirando su mano.
—Alicia.
—Un gusto.
—¿Por qué quieres matarte, Rafa?
Le vino la pregunta como un puñetazo en la cara.
—Eso mismo me pregunto yo.
—¡Ja! —soltó una risa que no pudo contener.
—¿Cómo te vas a reír en mi cara así? Y después el día de mi muerte.
—Es que todos tienen una razón.
—Pues yo no.
—Tienes, pero no la conoces.
—¿Eres psicóloga?
Soltó otra carcajada.
—Yo me mato por mis padres. Porque creen que me aman, pero no me aceptan.
—Pues vete de la casa, no te tienes que matar.
—Nací con pene, es.
Rafael se sorprendió. Miró a Alicia, como viendo si podía identificar que era transexual, pero simplemente siguió fumando decepcionado en su búsqueda.
—Siempre me dicen que debo tomar terapia. Les digo que paren, que terapia necesitan ellos para aceptarme. Me dicen que sí me aceptan. Que me quieren. Que me aman. Que soy, fui y seguiré siendo su bendición. Pero no duran ni una hora antes de decirme qué quieren que sea. Entonces, cuando no quiero ser lo que ellos quieren que sea, me dicen que estoy loca. Que debo ir al psicólogo. Que debo medicarme. Que estoy psiquiátrica. Que si pito y que si flauta y en fin, me cansé, vine aquí, pero no pude. Me decepcioné. Pensé que iba a sentir libertad allá arriba y solo sentí miedo. No sé cuál es la solución de esta mierda si te soy honesta. No sé cómo vivir con ellos si no aceptan que soy lo que quiero ser y no lo que ellos esperan de mí.
—Creo que ese es el problema. Creo que por eso estamos aquí, porque no tenemos soluciones.
Ella seguía fumando y él acababa su cigarrillo cuando empezó a hablar.
—Estudié ecología en la universidad. Fui profesor. Tengo placas solares. Reciclo. Hago composta y la vendo. Fui vegano por dos miserables años de mi vida. No tuve hijos con mi exesposa porque engendrar un niño es dañino al ambiente y poco ético. Hasta hace una semana usé sorbetos reusables. No compro botellas de agua plásticas. Trato de no usar mi auto, solo mi bicicleta, para no crear emisiones. Solo hago compras en supermercados locales y de las pocas veces que como carne, busco productos libres de crueldad. Y aun con todo eso, el mundo sigue igual de jodido. Sabes, siempre quise tener y criar caballos, y mi exesposa me dijo que no, que eso era dañino al ambiente. ¿Y sabes lo que hizo la puta? Ahora se casó con un pendejo que tiene un steakhouse y que no tan solo la preñó, sino que también empezaron a criar gatos bengalíes juntos. ¿Te explicas eso? Tanto joder con que cosas no eran éticas, y con no afeitarse las axilas porque patrocinaba imágenes de belleza capitalistas para ahora afeitarse hasta las piernas por el nuevo marido. En fin, contemplé matarme desde entonces, pero nunca lo hacía. Pero hoy por la mañana vi al guacamayo de mi vecino muerto por el calor. Bueno, no sé si muerto, pero tirado en el piso de su jaula, inmóvil. Le abrí la jaula, y noté que no se movía. Le derramé agua por encima y lo puse debajo en la sombra de mi balcón. Respiraba un poco, pero aún sin moverse. El vecino me gritó y me dijo que era un cabrón y que cómo se me ocurría robarle el pájaro. Le metí una bofetada y le dije que si seguía jodiendo lo iba a meter en una jaula y que, al igual que al guacamayo, lo dejaría en el sol. Me dijo que me iba a matar. Fue a coger un cuchillo o un revólver o un machete, y lo iba a dejar que lo hiciera. Me quedé esperándolo afuera pero nunca salió de la casa. Creo que quizás le dio un infarto… Ojalá. En lo que me iba a preparar para llevar al guacamayo muerto o muriéndose al veterinario, prendí las noticias. Grave error. ¿Sabes que hoy se extinguieron los elefantes salvajes? El Serengueti está vacío. Un multimillonario en Texas tiene uno, y ahora la totalidad de la especie depende de la caridad de un capitalista estadounidense. Qué triste fin para un animal. Decidí dejar al guacamayo muerto en el balcón y venir para acá, porque, en fin, me cago en el mundo y toda la gente, esto no va a cambiar ni porque Cristo baje del cielo, así que me mato.
Alicia estuvo en silencio un rato.
—Pues había unas cuantas razones entonces.
Ambos se rieron y Rafael le contó a Alicia que tuviese un lindo día porque no quería morirse si el día se nublaba, así que lo siguió hacia la cima. Una vez cansado y exhausto en el tope, miró por la ventana. Vio el sol y la gente caminando feliz. Tantos turistas con pelo tan rubio que parecía blanco, que Rafael podía imaginarse que estaba por suicidarse en Suecia o en Alemania. Pero, mirando bien entre las multitudes, de vez en cuando y de cuando en vez veía una carita trigueña o negra con rizos que de verlos él sabía que olían a aceite de coco.
Tomó toda su energía para llegar a donde daría el salto. Presionó el botón rojo a su mano derecha y esperó escuchar algo. Pero nada.
Se sintió bien en dejar a Alicia en el escalón a solas porque el día se veía bello. Pero a lo lejos, si mirabas con mucha intención, podías ver el cielo encancaranublado. Su vista fue interrumpida por un pájaro que le cagó la cara. Rafael lo aceptó como una señal de que su hora había llegado. Recogió la mierda con su mano izquierda y se la limpió en su mahón. Miró al cielo y no vio palomas o pájaro alguno, así que decidió olvidarse de encontrar el culpable y puso un pie al aire. Cuando comenzó a dar un paso al vacío, mantuvo su mirada en los techos a lo lejos y los árboles que crecían en medio de ellos, y vio entre sus ramas un guacamayo volando.



