La hija de mis padres, por Stephanie M. Rodríguez Vidal

"Soy hija de mi padre, quien nunca habló, pero sintió demasiado".

Por Stephanie M. Rodríguez Vidal

Soy hija de mi padre, quien nunca habló, pero sintió demasiado. Un padre excelente, pero un amor complicado, que hizo llorar a mi madre muchísimas veces. Él no decía nada, en eso no me parezco, porque yo grito todo. Mi padre, en cambio, llora en silencio y se rehúsa ante la mínima empatía de otros. Él tenía mucho apetito por la vida, hasta que se enfrentó con una monotonía más hambrienta que él. Mi padre se llama Ángel, pero mami dice que de eso no tiene nada. Fueron cinco o seis mujeres, según ella, las que desgarraron su cuerpo en varias ocasiones para llenarlo de placer. Cuando era adolescente, me preguntaba cómo era capaz de llegar a casa así, sucio. Luego me di cuenta de que llegaba porque no había de otra y la pasaba mal, aunque claramente no peor que mi progenitora. ¿O sí? Usualmente las otras eran compañeras de trabajo y mi mamá llegó a conocer a algunas, al igual que yo. Recuerdo a aquella rubia que era maestra y tenía una hija menor que yo. En los recreos, me iba con mi mejor amiga y la llamábamos, le gritábamos: “PUTA”, y colgábamos la llamada; lo podíamos hacer tres veces al día, y solo tenía 16 años. 

Intento no ser como él, pero hay algo que me grita y me dice que no sea mi madre, que no espere a que me hagan daño y me quede 25 años orando para que las cosas cambien. Le dije mil veces que se fuera, que yo era la menor y me iba a la universidad, lejos de las lágrimas y el adulterio. Pero no me hizo caso y ahora está muerta. Aunque luego resucitó. Se cortó su hermoso cabello, se enamoró y vive feliz, dentro de lo que se le permite serlo en esta vida que ha sido muy cruel con su existencia. Mi padre está bien, cuidando de animales y en la iglesia, como es de esperar. Creo que se la pasa pidiendo perdón, solo imagino al sacerdote mareado escuchando la misma historia. Mi vieja siempre nos dice que le debemos dar las gracias por escoger a un hombre tan buen padre, y estoy de acuerdo. Mi padre me enseñó a leer cuando era muy chiquita, en sus brazos cálidos y con mucha paciencia. También me enseñó a hacer deporte, me llevó al banco a sacar mi primera tarjeta, me enseñó a guiar y me llegó a buscar luego de una fiesta, donde le vomité todo el carro y no le dijo nada a mi madre. Pero, ¿cómo se deja atrás el dolor de ella? Si aún siento sus lágrimas y la escucho diciéndome que nos vayamos a Estados Unidos para no verlo más. Parte de su dolor lo cargué como hija menor y la única que dormía en su casa, la que llegó a ser mensajera y psicóloga con tan solo 17 años y ni una relación documentada. Pero he tenido que dejar ir, aunque me cueste, y verlos como lo que son, humanos que sienten, que hieren y sobre todo, que aman. 

FIN 

La.Corcheta
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