por Mara Pastor

Sobre tu trayectoria y visión en el diseño
1) Has trabajado en distintos ámbitos del diseño, desde la arquitectura hasta el diseño de objetos y empaques. ¿Cómo defines tu enfoque como diseñadora e investigadora del diseño puertorriqueño y latinoamericano?
Mi enfoque como diseñadora e investigadora parte de Puerto Rico y del Caribe como centro, no como periferia. El diseño lo entiendo como un ejercicio cultural que nace de nuestras propias condiciones materiales, climáticas, políticas y sociales. Trabajo con arquitectura, objetos, empaques y joyería porque me interesa esa amplitud de escalas, desde lo íntimo hasta lo colectivo y cómo cada decisión de diseño conecta con la vida cotidiana.
Investigo el diseño puertorriqueño y considero el latinoamericano para dejar claro que las narrativas eurocéntricas o estadounidenses no son la referencia obligada. Nuestra historia, marcada también por lo colonial, junto a nuestros materiales y formas de habitar, tiene la fuerza suficiente para generar teoría, práctica e innovación desde aquí. El diseño es un lenguaje vivo que enlaza tradición y contemporaneidad, lo artesanal y lo tecnológico, siempre con una mirada situada en nuestro contexto.
2) Como Líder Académica de Diseño y Cultura Visual en la Universidad del Sagrado Corazón, ¿qué retos y oportunidades ves en la enseñanza del diseño en Puerto Rico hoy en día?
El reto inmediato es trabajar con recursos limitados y con un mercado que todavía no reconoce plenamente el valor estratégico del diseño. Formar estudiantes en ese contexto exige mucha creatividad.
La oportunidad está en que, desde aquí, podemos educar diseñadores capaces de pensar desde el Caribe, con proyectos que nacen en nuestro entorno y que dialogan con lo global. Eso les da una voz propia, crítica y relevante en la conversación internacional sobre el diseño.
Sobre 70 y la silla monobloc

3) Tu proyecto 70 trabaja con la memoria y la historia del diseño en Puerto Rico. ¿Cómo surgió el proyecto y qué te motivó a crearlo?
70 surge como un laboratorio de objetos donde la memoria y lo cotidiano se convierten en materia de diseño. Cada pieza parte de referencias emocionales, culturales y materiales que, al ser transformadas, generan nuevas lecturas. El proyecto explora cómo un objeto puede trascender su funcionalidad inmediata y convertirse en un dispositivo de significado: un vínculo entre tiempo, material y experiencia. Es el diseño como investigación en torno a herencia, permanencia y construcción cultural a través de lo material.
4) En 70 diseñaste un charm inspirado en la silla monobloc, un objeto cotidiano, pero con una carga simbólica interesante. ¿Cómo nació la idea de convertir esta silla en una pieza de joyería?
Esa idea se concretó en una visita a Casa Kai. La silla del guardia de seguridad era un monobloc verde y a partir de ahí comenzó una conversación entre colegas: Marlene Colón relató la historia de su abuelo y lo que esa silla representaba en su memoria; Gerardo Pomales recordó que, como director musical de Los Rivera Destino, había trabajado la canción Silla Plástica. En esa conversación compartí la historia del monobloc y de cómo llegó a convertirse en la silla más famosa del mundo. Fue en ese momento cuando surgió la posibilidad de llevarla a la joyería, justamente porque concentra una nostalgia que opera tanto en lo individual como en lo colectivo.
La silla monobloc siempre ha estado presente en nuestra cotidianidad caribeña: en fiestas, playas, casas de abuelos. Al convertirla en un charm quise transformar ese objeto común en un símbolo de memoria compartida. Es un gesto de revalorización: tomar lo ordinario y darle permanencia. La pieza también nace de mi interés por coleccionar sillas, de observar cómo circulan en distintos espacios y contextos y de trabajar el diseño desde su dimensión emocional, donde los objetos se cargan de afecto, recuerdos y significados que trascienden su uso inmediato.
5) La silla monobloc cobró nueva relevancia cuando Bad Bunny la usó en la portada de su último álbum. ¿Cómo impactó esto en la visibilidad de tu charm y en 70 en general?
Fue un momento inesperado que expandió la conversación alrededor de la pieza. El uso de la silla en la portada puso en evidencia cómo un objeto aparentemente simple puede activar memoria colectiva y convertirse en símbolo de identidad cultural. Para mí fue una confirmación de que el tema que trabajaba tenía una profundidad que trascendía la joyería.
6) Desde que salió la portada del álbum, ¿qué ha pasado con el charm? ¿Cómo ha sido la reacción del público y de la comunidad de diseño?
Desde entonces, el interés por el charm creció de manera significativa. La pieza comenzó a circular como objeto cultural y a ser leída en distintos niveles: como memoria compartida, como comentario sobre lo cotidiano y como propuesta de diseño con valor simbólico. Lo que nació como un gesto de recuerdo se transformó en una discusión más amplia sobre cómo el diseño puede resignificar lo común y otorgarle continuidad en el tiempo.
Sobre Losa Criolla

7) Otro de tus proyectos es Losa Criolla, centrado en la cerámica y el diseño local. ¿Qué te inspiró a documentar la losa criolla como material y concepto?
Llevo documentando la losa criolla desde 1988, cuando estudiaba arquitectura. En ese momento comencé a redibujar sus patrones como ejercicio de observación y registro. Con el tiempo, esa práctica se convirtió en una investigación más amplia sobre la materialidad, la historia y la carga cultural de la loseta en Puerto Rico. Hoy ese archivo también se comparte en un espacio digital a través de Instagram, donde la documentación funciona como punto de conexión entre generaciones y como recurso para pensar el diseño local desde la memoria material.
8) ¿Cómo dialoga Losa Criolla con la identidad puertorriqueña y el diseño contemporáneo?
Diseñar una losa criolla me permitió profundizar en su trayectoria y en lo que representa. La losa llega a Puerto Rico a través de Cuba y a Cuba desde Barcelona, lo que la vincula directamente a procesos coloniales y a dinámicas de transferencia cultural. Ese recorrido evidencia cómo modelos europeos fueron importados y luego transformados hasta convertirse en parte de nuestra identidad material. La losa criolla encarna la tensión entre herencia colonial y apropiación local: un objeto que, al ser reinterpretado, se vuelve símbolo propio. En el diseño contemporáneo, volver a ella implica reconocer esas capas históricas y proyectarlas hacia nuevas lecturas y aplicaciones.
Reflexión final
9) Como diseñadora, investigadora y educadora, ¿qué te gustaría que dejara tu trabajo como legado en el diseño puertorriqueño?
Me interesa que mi trabajo deje claro que desde Puerto Rico se pueden generar propuestas de diseño con valor teórico, cultural y práctico. Que el diseño local no es derivativo, sino capaz de producir conocimiento propio y de insertarse en la conversación global desde una mirada situada. Si algo quisiera dejar como legado es la convicción de que nuestros objetos, materiales y formas de habitar son fuente legítima de innovación y de historia del diseño.
10) Además del diseño, sabemos que disfrutas hornear pan y pizza y que practicas esgrima. ¿Ves alguna relación entre estas disciplinas y tu manera de abordar el diseño?
Hornear pan y pizza me ha enseñado mucho sobre el diseño como proceso. Es un ejercicio de precisión en la medida, de observación de la materia y de respeto por los tiempos de transformación. La masa cambia con la humedad, el calor y obliga a leer el contexto constantemente. Esa relación entre materialidad y entorno es la misma que encuentro en el diseño: nada está aislado, todo responde a condiciones específicas que hay que interpretar y trabajar con cuidado.
La esgrima es bella en sí misma: un deporte que combina forma, movimiento y concentración. Más allá de la técnica, hay una estética en la postura, en la precisión de los gestos y en el ritmo de cada enfrentamiento. Ahí también hay mucho diseño: composición espacial, equilibrio, estrategia y hasta el objeto mismo, la espada, la careta, el uniforme, forman parte de un sistema pensado. Practicar esgrima me recuerda que el diseño no está limitado a los objetos que producimos, sino que también se manifiesta en la organización de cuerpos, espacios y tiempos.
En conjunto, estas prácticas muestran que diseñar es cultivar una sensibilidad particular: leer materiales, atender al contexto, anticipar movimientos, comprender procesos y transformaciones. Esa forma de mirar atraviesa tanto mi trabajo en el taller como mi investigación académica y define la manera en que concibo el diseño como disciplina y como práctica de vida.