Por Danicha Guerrero Álvarez
No fue hasta que el oso, entristecido por la pérdida de su amigo, decidió entregar su único valor: un corazón dorado capaz de revivir incluso al peor de los muertos. Bastaba que la violinista ingiriera el oro para recomponer la melodía que lo traería de vuelta. Dar aquel oro no fue el problema, sino el costo de una eternidad en un Cosmo desolado sin la memoria de… ¿de quién hablaba?



