Por Betzaleel E. Pabón Colón
El mundo insiste en ese refrán, que uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde. Yo nunca quise aprender a golpes de ausencia. Yo no esperaba perderlo para valorar lo que tenía, aunque ya estuviera roto. Esa fue la filosofía que me impulsaba a salir a su encuentro, aun sabiendo que sus manos no buscaban las mías, sino el sonidito hueco de mi alcancía. Sabía para qué era el dinero, sabía que no volvería y aun así lo entregaba como alguien que tira monedas a la fuente, pidiendo deseos imposibles. Era la filosofía que me hacía extrañarlo incluso antes de que se marchase. Era experto en ausencias, en dejarme con la maleta hecha como si no costara nada empacar el corazón y unas cuantas lágrimas en ella. Y sin embargo, en mi mente, eso era mejor que nada. Mejor un amor a medias, que el completo vacío de la nada. Y qué razón tenía. Ahora que navego en el silencio absoluto de la nada, duele mucho más.
Aun así, sería injusto decir que no hubo luz. Cuando yo me sentía diminuta, cuando mi propio reflejo jugaba como enemigo, él me nombraba hermosa en voz alta, como si el mundo tuviera que saberlo. Las partes de mí que intentaba esconder, él las señalaba con orgullo como un astronauta que descubre constelaciones donde otros ven solo oscuridad. Y en las noches, cuando el mundo se sentía más grande que yo, con sus ojos soñolientos y la baba pegada en la mejilla, me juntaba las manos y oraba al cielo conmigo. Me cubría con una fe sencilla, pero que brindaba consuelo abrigado. Quizás por eso este vacío duele tanto, porque entre tantas ausencias, hubo algo real que brillaba por ser. Las lágrimas no salen tanto como quisiera y eso pesa el vacío aún más. Como si el duelo tuviera formas obligadas, como si el amor necesitara desbordes para ser aceptado. Y no lo menciono, porque sino su vuelo es definitivo. Como si la palabra intentara cerrar una puerta que mi corazón lucha por dejar entreabierta. Por eso escribirlo es la manera en la que lo guardo, la forma en la que puedo echar un ojo sin romperme del todo… sin caerme.
Dentro de mí hay un cuarto, similar al que tenía de niña donde, inocente y sin rumbo aparente, desbordaba las maletas con trozos del alma. Un cuarto al que no entro más, pues su presencia lo habita. A veces cuando lo pronuncian por accidente, me quedo frente a la puerta. No entro, pero escucho. Como si tan solo un paso creara grietas interminables, como si cruzar la puerta me rompiera y no pudiese arreglarme. Entonces me quedo ahí, en el silencio, consciente de que hay puertas que no se abren sin romper algo que no sabe volver a armarse. No sé cómo se habita una pena sin final, saberlo se siente un error, como arrancar un árbol del suelo mientras respiro el aire que él mismo me regaló para seguir viva. Ni sé si quiero aprender ese idioma donde la vida sigue su rumbo como si nada se hubiera quebrado. No es justo respirar a plenitud cuando él ya no respira en mi mundo. No quiero una vida dedicada a superarlo, a seguir. Hay ausencias que no se dejan atrás, solo se mudan al centro del pecho, a un cuarto con maletas hechas y deshechas. Se llevó algo de mí, y no lo quiero de vuelta. Que se lo quede, como se quedó con mi dinero; si eso significa que una parte de mí permanece con él, que arme las maletas con eso adentro.
Algún día, cuando duela menos o duela distinto, entraré a ese cuarto y dejaré que se me desmorone encima, en pedazos, llevándose mis lágrimas derramadas, para que su ausencia escuche el grito vacío de mi dolor. Y en todo lo que faltó, en todo lo que dolió, sé que hubo amor. Torpe a veces, tardío otras, quizás insuficiente, pero real, genuino, imposible de negar. No hace falta perderlo todo para saber lo que se tiene. Se puede ver en los gestos pequeños, en los instantes que sostienen la vida, en los recuerdos que se guardan antes de que el vacío llegue. Lo supe aun en su ausencia, aún más en las maletas que no fueron a ninguna parte y que dejaron mi corazón a medio empacar. No quiero curar este dolor, ni olvidar lo que fue. Prefiero que viaje conmigo, que sus ecos y mis lágrimas coexistan en el mismo espacio, en el mismo vacío y que cada pedazo de mí que quedó con él siga diciendo que amé consciente de la grieta, y que él me amó realmente, aunque roto.



