Estética sin Poética: Black Dog (2024), por Mia Nieves Reyes

"La película explora la soledad, la redención y los costos de la modernización, mezclando imágenes desérticas impactantes con drama humano".

Por Mia Nieves Reyes

  El cine independiente chino se ha convertido en un espacio importante para la resistencia y la reflexión sobre problemas sociales y existenciales. Dentro de este panorama aparece Black Dog (狗阵), dirigida por Guan Hu, ganadora del premio Un Certain Regard en el Festival de Cine de Cannes 2024. La película explora la soledad, la redención y los costos de la modernización, mezclando imágenes desérticas impactantes con drama humano.

  Ambientada en 2008, la historia sigue a Lang, un ex motociclista recién salido de prisión tras cumplir condena por homicidio involuntario. Al regresar a su ciudad natal, cerca del desierto de Gobi, encuentra un lugar en decadencia, lleno de perros callejeros y marcado por el abandono. Mientras Pekín se prepara para los Juegos Olímpicos, las campañas de “limpieza” del gobierno atacan a estos animales. Lang se une al esfuerzo, pero cuando se encuentra con un perro negro salvaje, forma un vínculo inesperado que refleja su propia búsqueda de reconciliación con el pasado.

  Visualmente, Black Dog es impresionante. Sus silencios y paisajes desolados funcionan como metáforas de la soledad y la marginalidad, mientras que la relación entre Lang y el perro le da un toque lírico que suaviza la hostilidad del entorno. En este sentido, la película va más allá del realismo y se convierte en una meditación sobre la esperanza y la redención que se encuentran en vínculos inesperados.

  Sin embargo, evaluada desde la perspectiva de la Poética de Aristóteles, la película falla. Para Aristóteles, la esencia de la tragedia está en la unidad de acción y en su capacidad de generar catarsis, un purgamiento de la lástima y el miedo. Black Dog sugiere estos elementos, pero rara vez los cumple. La narrativa introduce varios símbolos: un eclipse solar, animales enjaulados, espectáculos de circo que desaparecen; sin embargo, los abandona sin resolverlos. Esto debilita la unidad de acción y deja al público con fragmentos inconclusos en lugar de un conjunto coherente.

  Más importante aún, la película lucha por generar catarsis. El arco de Lang sugiere redención, pero su reconciliación es vaga, emocionalmente contenida hasta el punto de la desconexión. La única respuesta catártica genuina no proviene del drama humano, sino del sufrimiento del perro. Su maltrato y muerte eventual provocan el mayor sentimiento de lástima y miedo en el público. En lugar de elevar la historia humana, el peso emocional se traslada al animal, una elección que plantea preguntas éticas, pero que también subraya el desequilibrio narrativo de la película.

  En términos aristotélicos, esto crea una inversión de la tragedia: el pathos recae en el animal en lugar del protagonista. Aunque poderoso por sí mismo, esto impide que la película alcance la culminación emocional que Aristóteles consideraba esencial para una narrativa efectiva. El resultado es un filme que es bello pero incompleto en su función, inclinándose más hacia la meditación estética que hacia la cohesión dramática.

  Por esta razón, aunque respeto a Black Dog por sus imágenes y reconocimiento internacional, la encontré más frustrante que conmovedora. Logra crear momentos de resonancia poética, pero no logra ofrecer una acción unificada ni una historia humana catártica. En el mejor de los casos, sirve como material de análisis y debate. Es una obra que plantea preguntas sobre los límites de la ambigüedad y sobre si el cine moderno puede prosperar sin la coherencia que Aristóteles consideraba necesaria para un verdadero impacto dramático.

La.Corcheta
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