Por Yolanda Arroyo Pizarro
Me viene bien narrar en clave poética. Así que déjame decirte esto… Somos el recuerdo. Somos la resistencia. Somos el recuerdo vivo de nuestras Ancestras, la voz que desafía el olvido, la raíz que sigue creciendo. Desde los archivos afrodiaspóricos sembramos continuidad y diseminamos nuestros saberes, porque la memoria es lucha, es justicia, es revolución.
Soñé en hacer un ejército: poetas, archivistas, narradores. Desde la creación literaria transformamos la memoria en cuentos y versos. El trabajo de archivo no es solo preservar documentos, es avivar el fuego de nuestra historia. Rescatamos nombres silenciados, convertimos registros en relatos, reconstruimos los caminos de quienes nos precedieron. Somos el eco de sus pasos, la resistencia de quienes nunca pudieron ser callados.
Consultamos la cosmogonía afrodiaspórica con los historiadores, escuchamos a los historiadores de nuestros orígenes, recuperamos saberes que el tiempo y la opresión intentaron borrar. En nuestras manos, los archivos se convierten en profecías y en mapas de futuro. Somos el recuerdo. Somos la resistencia. Somos afrofuturismo, somos legado, somos memoria en movimiento.
Por eso hago este recuento…
Los esclavos eran muy felices. Eran personas muy felices siendo esclavos.
Esa fue la primera frase que aprendí en tercer grado, expresada por nuestra maestra de Historia y Estudios Sociales, Sor Rosario. Al parecer la monja necesitaba a toda costa que nos aprendiéramos aquel lavado de cerebro porque nos lo hizo recitar de memoria, al menos a mí y a Juan Carlos, el otro niño negro de mi salón. Fuimos el ejemplo, seleccionados para que los demás niños de Cataño, más aclarados, más blancuzcos, más claritos, menos negros que nosotros, entendieran que el mito de las tres razas en Puerto Rico no era tan mito, que era real y que junto al endiosamiento de saberse uno blanco español (según la monja), y junto a la altivez de reconocerse uno como trigueño taíno de pelo lacio (según la monja), había que sentir igual o más orgullo — nunca superioridad — por ser descendiente de esclavo negro africano con pelo malo (según la monja).
Pero yo era hija de mi abuela Petronila, un ser como pocos, quien había parido a una nieta subversiva, llevándole la contraria a la biología, a la madre naturaleza y a deidades de todo tipo. Aquella crianza abuela-nieta había desembocado en la creación de un ser que refutaría todo lo que se le parara de frente hasta satisfacer las más polémicas curiosidades. “Eres un espíritu de contradicción”, vociferaba abuela Petronila molesta mientras me corría entre gallinas y gallos por el patio de la casa en barrio Amelia. Casi siempre presumía de mí, pero de vez en cuando se exasperaba porque a veces su propia obra se le iba en contra. “Nunca te quedas callada, eres contestona. Tienes la boca llena de malacrianzas. Ese será tu infortunio”, recitaba furibunda a su Ópera Prima.
Abuela Toní — diminutivo de Petronila Cartagena Mitchen, nacida el 5 de diciembre de 1912 — articulaba toda posible comunicación del modo más inteligente y brillante, nunca antes atestiguado por mí. En idioma español de enciclopedia Cumbre y su inglés conversacional de octavo grado, sabía inculcar y convencer, con lo cual fue suficiente para convertirla en secretaria de la Puerto Rican Cement hasta la aparición del consorte más galante de la comarca, mi abuelo Saturnino Pizarro Costoso.
Con aquella articulación tan frondosa e hipnotizante defendería posturas, calmaría altercados, rebatiría opiniones sobre el pasado y el futuro del archipiélago, amonestaría al resto de matriarcas de la calle Herminio Díaz Navarro y organizaría contubernios vecinales para sobre vivir los huracanes, tan pronto el mar del malecón se salía de la bahía. Ella comparaba al huracán Hugo y al huracán David con el huracán San Ciriaco de 1899 de cuyos detalles conocía a la perfección gracias a los cuentos de la ancestra Georgina, su madre y bisabuela mía.
Inventé la palabra Ancestra una noche mientras escribía relatos en trance. Era 1998 y me encontraba embarazada de mi hija Aurora, unigénita. Escribía para recordar a abuela Petronila, para rescatarla, para traerla de vuelta del Alzheimer que la estaba secuestrando. Inventé Ancestra para hablar de mis abuelas, bisabuelas y tatarabuelas. Ya tenía experiencia con palabras inventadas, pues Petronila, abuela materna, ya decía desosirio. Miguelina, mi abuela paterna, hablaba además de español e inglés, un poco de alemán y ello la obligaba a “criollizar” algunas expresiones, es decir, inventar la manera de hacernos entender. Las abuelas madamas del vecindario, emigradas de las islitas, me hablaban en francés, creole y swahili. Por tanto, siempre vi natural la mezcla de tiempos verbales, la conjugación de lo inconjugable y hacer parir neologismos.
Por eso cuando me senté a las 3:00 am aquella vez, a escribir el primer párrafo de “las Negras” en 2003, supe que quería resaltar el femenino de la negritud. Supe que deseaba que el título de mi libro empezara con la minúscula del artículo y le siguiera la mayúscula del sustantivo. Quise que la adjetivación de aquel sustantivo, o la sustantivación de aquel adjetivo, fuera protagonista. Fuera prietagonista. Por eso en 2003, ante el dolor del fallecimiento de mi abuelamadre, solo me restó entrar en trance…, escribir las historias que Petronila me había contado, escuchar el dictado de las mujeres de mi casta en la voz de la memoria de mami Toní.
Tengo en la memoria el recuerdo de mi abuela haciéndome estas historias de sus propias abuelas. Las Negras que llegaron en barco, las Negras que labraron la tierra, las Negras que fueron comadronas, las Negras que pavimentaron los caminos, que fueron castigadas, amonestadas, que se vengaron, que envenenaron captores. Abuela me hacía dictados cuando estaba viva, en presencia, en carne y hueso, y luego de fallecida también me hizo dictados en mis sueños, en mis recuerdos, en mis alucinaciones, porque yo alucinaba de tanto llorarla, y de tanto necesitarla, y de tanto extrañarla.
Por eso aquel día de 1978 cuando la monja enseñó la foto del risueño indio taíno y el gallardo conquistador español junto al encadenado y “feliz” africano que llevábamos semanas “aprendiendo” como parte de la historia de nuestra Isla, yo convoqué a mi “espíritu de contradicciones” y altanera articulé a lo Petronila: “nadie encadenado puede ser feliz”. Acto seguido el salón estalló en risas, alborotos y griteríos que como era de esperarse, culminaron con mi visita a la oficina de la principal del Colegio San Vicente Ferrer. Sor Soledad recomendó la escritura en cursivas en la pizarra, de una sentencia amonestadora como castigo infalible y frente a todos: “Debo respetar la autoridad”. Y yo así así lo hice. Escribí con tiza blanca en aquella plataforma verde, mis letras caligrafiadas a la perfección, mientras recitaba “la autoridad es mi abuela Petronila”.
Nadie encadenado puede ser feliz. Por eso en el ejercicio de mi libertad, resucito a mi abuelamadre y resucito a las Ancestras. Las convoco desde un multiverso Ubuntu, para que nos enseñen el camino. Soy la Resucitadora de mis bisabuelas, Miguelina, y Gregoria, mujeres matriarcas, brujas herbolarias y comadronas. Ellas habitan en el rincón ancestral de mi ser, y las convoco para que sus voces, sabiduría y fortaleza vuelvan a ser corpóreas en mi camino.
Soy duola, sanadora y santiguadora. Porto en mis manos los antiguos amuletos que han resistido el paso del tiempo, con el poder de descolonizar mentes y corazones. En este llamado, asumo la responsabilidad de despertar espíritus y darles forma en cada página, en cada acto de sedición escrita, en cada relato que comparto. Como Eleguá, el orisha que abre los caminos, me convierto en guía para mis personajes, permito que sus historias se desenvuelvan con autenticidad y fuerza.
Este manifiesto es un compromiso, un llamado a la acción. Es un reconocimiento de la importancia de resucitar las voces silenciadas y la sabiduría de nuestra genealogía que ha sido rechazada. Es un acto contra el olvido y la opresión, en cada palabra, en cada historia, y en cada lucha que emprendemos.
Esto Soy. Esto Somos. Para esto he venido a este mundo. Este es mi universo. En esto creo: el Afrofuturo es Hoy. Somos resucitadores de Ancestras, y este es nuestro manifiesto.



