Verano parisino, por Alma Datil Calderón

"A mis luceros, / tan barros y caoba, / tan ceiba y cerro, / se les sacudió su río".

Por Alma Datil Calderón

Vienne la nuit sonne l’heure

           Les jours s’en vont je demeure

(Viene la noche suena la hora

Y los días se alejan

y aquí me dejan)

-Le pont Mirabeau, de Guillaume Apollinaire

En un julio 

ausente de trópico,

mi lengua se mutó francófona

y se arrastró guturalmente

por las aceras parisinas.

Qué dulzura se recostó

en mi boca

cuando, en un restaurante,

una mujer con pantalón de lino

se alegró al escucharme hablar

en su idioma.

En las horas

de ese verano rocío,

fue inevitable

dirigir mi tímpano

de izquierda a derecha

ante el cuchicheo

de la muchedumbre

y degustar las conversaciones 

ajenas.

A mis luceros,

tan barros y caoba,

tan ceiba y cerro,

se les sacudió su río

de su cauce 

al otear el marfil 

y laberinto de hierro

en los balcones de la ciudad.

Y a leguas,

al cruzar de un panteón

que alberga poetas,

se encumbra aquella torre

que fue impugnada 

y ahora guarda cafés y tiendas.

Y por las noches,

cuando calla aquel bullicio

de extranjeros y boulangeries,

serena el horizonte

con sus estrellas tenues. 

La.Corcheta
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